La mañana en la villa amaneció radiante.
El sol se colaba por los ventanales, pintando de oro cada rincón. Los patos nadaban en el lago, los pájaros cantaban en los árboles, y el jardín estaba tan perfecto que parecía sacado de un sueño.
Ana estaba sentada en el porche, con una taza de café entre las manos, mirando a Cristóbal jugar con los mellizos en el césped. Elena reía cada vez que su padre la alzaba en el aire. Nicolás, más serio, lo observaba con sus ojos grises, pero había una pequeña s