El apartamento de Nicolás estaba en silencio cuando Ana marcó su número. Había esperado hasta la tarde para llamar, disfrutando cada minuto con los mellizos, cada sonrisa de Cristóbal, cada momento de paz que la villa le ofrecía. El sol se colaba por los ventanales de la villa, pintando de oro el jardín donde los patos nadaban en el lago. Elena reía en brazos de su padre, Nicolás observaba todo con sus ojos grises, serio como siempre, pero con una pequeña sonrisa que asomaba de vez en cuando.
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