La tarde había llegado con una calma que Ana no esperaba.
Después de la mañana en el hospital, después de hablar con su madre, después de soltar las palabras que tenía guardadas, algo en su interior se había aliviado. No del todo, no para siempre, pero lo suficiente como para respirar.
Los mellizos estaban despiertos, cada uno en su cuna, el pequeño Nicolás con su ceño fruncido, Elena moviendo sus manitas como si quisiera atrapar el mundo. Ana estaba sentada entre ellos, tratando de terminar un