La mañana llegó con un sol tibio que se colaba por las cortinas, pero Ana no había dormido. Las palabras de Nicolás, la falsa inocencia de Sofía, la mirada de la señora Valenzuela... todo daba vueltas en su cabeza como un carrusel infernal.
Miró a los mellizos, que dormían plácidamente en sus cunas, ajenos a la tormenta que se gestaba a su alrededor. El pequeño Nicolás con su ceño fruncido, Elena con sus manitas abiertas. Inocentes. Puros. Su única razón para seguir luchando.
Tomó el teléfono.