La luz de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas cuando el teléfono de Ana vibró sobre la mesita de noch
Un sonido insistente, rítmico, que la sacó de un sueño profundo. Parpadeó, confundida, tratando de ubicarse. Los mellizos aún dormían en sus cunas. Nicolás no había salido de su habitación. Todo estaba en silencio.
El teléfono volvió a vibrar.
Lo tomó con manos torpes, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia. La pantalla iluminó su rostro con un brillo azulado.
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