La mañana había comenzado con un caos inesperado.
Ana estaba sentada en la sala del apartamento de Nicolás, con el computador portátil sobre la mesa, dos tazas de café frío a su lado y una montaña de documentos esparcidos por todas partes. Los informes que Carolina le había enviado eran más complejos de lo que parecían, y el plazo de entrega era en menos de cuatro horas.
Para colmo, los mellizos no paraban de llorar.
El pequeño Nicolás había comenzado primero, con ese llanto quejumbroso que anu