Vibró sobre la mesa, haciéndola saltar. Ana lo tomó y vio el nombre en la pantalla.
Cristóbal.
El corazón le dio un pequeño vuelco. Contempló la pantalla un instante, luego deslizó el dedo para contestar.
—¿Hola?
—Hola —la voz de él sonó al otro lado, más suave de lo que recordaba—. ¿Cómo estás? ¿Cómo están los niños?
—Estamos bien —respondió ella, intentando que su voz sonara más animada de lo que se sentía—. Los mellizos han estado inquietos hoy, pero ya se durmieron.
—¿Inquietos? ¿Mucho?
—Un