El silencio en la mansión Gravenhorst era tan profundo que se podía oír el latido de los corazones.
El abuelo estaba en su trono, con el sobre en la mano, los dedos arrugados a punto de abrirlo. Marcos sonreía con suficiencia, su hijo en brazos, listo para recibir la corona que creía merecer. Cristóbal observaba desde la penumbra, con el alma en llamas y el corazón hecho pedazos.
Y entonces, la puerta principal se abrió de golpe.
El eco de las puertas al chocar contra la pared resonó en todo el