Cristóbal la miró fijamente, con esos ojos grises que parecían capaz de atravesar cualquier defensa. Pero en ellos, por primera vez, no había frialdad. Había algo más. Algo que Ana no sabía interpretar.
—En quince días —dijo, con voz baja pero firme— es la reunión con mi abuelo. Todos los poderosos de este país van a estar allí. Los accionistas, los socios, la prensa. Y yo... —tragó saliva— por tu engaño, por tus mentiras, me quedaré sin nada.
Ana sintió que la sangre le hervía.
—¿Mis mentiras?