Tres días habían pasado desde aquel enfrentamiento en la puerta del edificio.
Tres días de silencio. Tres días de miradas perdidas. Tres días de Ana encerrada en sí misma, sin hablar, sin comer casi, sin querer ver a nadie.
Pero no era por Cristóbal. No era por el amor que aún pudiera sentir. Era por el miedo. Un miedo paralizante, irracional, que se había instalado en su pecho desde que vio a los dos hombres golpeándose en la calle.
—¿Y si vuelve? —susurraba una y otra vez, abrazada a sí misma—