El auto de Nicolás se detuvo frente al edificio justo cuando el sol comenzaba a esconderse tras los rascacielos.
Ana bajó lentamente, con cuidado, sosteniendo su vientre con una mano y apoyándose en Nicolás con la otra. Los días en el hospital la habían dejado agotada, pero también más tranquila. Los médicos habían logrado controlar las contracciones, y el bebé estaba fuera de peligro. Pero las recomendaciones fueron claras: reposo absoluto, cero estrés, y vigilancia constante.
—Despacio —dijo