La pelea había terminado, pero el eco de los golpes aún resonaba en el aire.
Nicolás subió lentamente las escaleras, sintiendo cada músculo del cuerpo protestar. Tenía el labio partido, un ojo amoratado y varias costillas que seguro amanecerían moradas al día siguiente. Pero el dolor físico no era nada comparado con lo que llevaba dentro.
Cuando entró al apartamento, encontró a Ana en el sofá, abrazada por su madre, llorando en silencio. El señor Valenzuela estaba de pie junto a la ventana, mir