La noche había llegado por fin a la mansión Gravenhorst.
El cielo estaba despejado, salpicado de estrellas que parecían haberse vestido para la ocasión. La luna, enorme y plateada, iluminaba los jardines como si fuera un reflector más de los muchos que los decoradores habían instalado por todo el terreno.
La mansión parecía sacada de un cuento de hadas. Cada ventana irradiaba luz cálida, las columnas de la entrada estaban adornadas con guirnaldas de flores blancas, y un camino de alfombra roja