Tres días habían pasado desde aquel tenso desayuno con Marcos y su hijo.
Cristóbal no había vuelto a beber. No había vuelto a encerrarse. Algo había cambiado en él, una determinación nueva, un fuego que llevaba años apagado y que ahora comenzaba a arder.
Estaba en su oficina, mirando por la ventana el cielo gris de la ciudad, cuando su asistente, Juan David, entró sin llamar. Traía una carpeta bajo el brazo y una expresión que Cristóbal no supo interpretar.
—Señor Gravenhorst, tengo los informe