La mansión Gravenhorst bullía de actividad, pero no era la actividad ordenada de siempre. Era un caos. Un desorden. Una tormenta.
Los empleados domésticos se movían en puntas de pie, evitando cruzarse con los dueños de la casa. El ambiente estaba cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Y en el centro de todo, como un huracán de destrucción, estaba Cristóbal.
Había llegado hacía una hora, tambaleándose, con el traje arrugado y la corbata floja. Olía a whisky. A mucho whisky.