El hospital olía a siempre. A desinfectante, a medicinas, a espera.
Pero esa mañana, para Ana, el olor era diferente. Era el preludio de un momento especial, de esos que se guardan en el corazón para siempre.
Caminaba por el pasillo del brazo de la señora Valenzuela, con Nicolás unos pasos detrás, dándoles espacio pero sin perderse detalle. Su vientre, ya prominente, se balanceaba suavemente con cada paso. El bebé se movía dentro de ella, como si también sintiera la emoción del momento.
—¿Estás