Las semanas pasaron volando.
El vientre de Ana había crecido notablemente, una curva orgullosa y prominente que ya no podía ocultarse con nada. Pero lejos de avergonzarla, esa barriga se había convertido en su orgullo. Era la prueba de que la vida seguía, de que a pesar de todo, había esperanza.
Los controles médicos eran regulares y todos salían perfectos. El bebé se desarrollaba con normalidad, fuerte y sano, como confirmaba el doctor en cada visita. Ana se sentía plena, feliz, agradecida.
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