La mañana había sido extrañamente tranquila.
Cristóbal bajó a desayunar y Ana se quedó en la habitación más tiempo del necesario. No porque tuviera sueño. Sino porque no podía mirarlo a la cara.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena de la noche anterior. Sus manos en su piel. Sus labios recorriendo su cuerpo. La forma en que la había mirado. La forma en que ella se había entregado.
Y luego la sábana. Esa maldita sábana escondida debajo de la cama como una prueba de un crimen.
¿Qué hice?