La oficina había caído en un silencio tenso.
Cristóbal llevaba más de una hora frente a los mismos papeles, repasando cifras una y otra vez, frunciendo el ceño, pasando páginas, volviendo atrás. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos del cuello se marcaban bajo la piel como cuerdas de acero.
Ana lo observaba desde el sillón, sin atreverse a interrumpir. Pero la tensión en el ambiente era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Podía verlo: la forma en que pasaba las hojas con v