La ambulancia llegó al hospital con las sirenas a todo volumen, anunciando la urgencia como un presagio. Las luces giratorias pintaban las paredes del estacionamiento de rojo y blanco, creando un espectáculo de sombras que bailaban frenéticamente. Los paramédicos bajaron la camilla con rapidez, sus movimientos eran precisos, entrenados para la emergencia. Sofía iba acostada, con los ojos cerrados, la respiración entrecortada, el rostro pálido como el papel. Pero nadie podía ver lo que ocurría d