El sol comenzaba a esconderse tras las montañas cuando Agustín llegó a las afueras de la villa.
Llevaba horas caminando, rodando, buscando el punto exacto desde donde pudiera vigilar sin ser visto. Se había detenido detrás de un grupo de arbustos espesos, a unos cincuenta metros de la entrada principal. Desde allí, podía ver la casa, el jardín, el lago, y sobre todo, a Ana. Pero no era Ana lo que veía en ese momento.
Bajo el viejo roble, a la orilla del lago, estaban Lucía y el abuelo Gravenhor