La noche cayó sobre la ciudad como un manto de sombras cómplices.
En la casa abandonada que Agustín había convertido en su refugio, las velas parpadeaban sobre los muebles cubiertos de polvo. Nadie lo buscaría allí. Nadie sabía que existía. Era perfecto para lo que tenía que hacer.
Agustín se miró en el espejo roto que colgaba de la pared. Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre cansado, con barba crecida y ojeras marcadas. No era el aspecto que necesitaba para vigilar a Ana sin levantar