La oficina estaba en silencio. Un silencio denso, pesado, que parecía aplastar las paredes y empañar los ventanales.
Cristóbal estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, la mirada fija en el horizonte. La luz de la tarde se reflejaba en sus ojos grises, dándoles un brillo metálico. Nicolás estaba sentado detrás de su escritorio, con las manos entrelazadas, el rostro pálido, los ojos enrojecidos por la falta de sueño y el exceso de furia contenida. Los papeles de la investigación