Cristóbal llegó a la villa como una furia contenida.
El auto frenó en seco frente a la entrada, las puertas se abrieron de golpe y sus pasos resonaron en el suelo de madera como disparos. Ana estaba en la sala, con los mellizos gateando a su alrededor. Elena reía, Nicolás la miraba con sus ojos grises. La escena era de una paz que contrastaba brutalmente con el estado de ánimo de Cristóbal.
—¿Qué pasó? —preguntó Ana, levantándose de inmediato al ver su rostro desencajado.
—El imbécil de Nicolás