La noche cayó sobre la mansión Gravenhorst como un manto de sombras y silencio.
Cristóbal llegó con el rostro pálido, los ojos hundidos, los labios apretados. Ana lo esperaba en la sala, con los mellizos dormidos en sus cunas y una taza de té humeante entre las manos. Al verlo entrar, supo que algo grave había pasado.
—¿Qué ocurrió? —preguntó, levantándose de inmediato.
Cristóbal se dejó caer en el sofá, pasándose una mano por el rostro.
—Era Lucas.
—¿Lucas?
—Sí. La mano derecha de Nicolás. El