La noche en el hospital se había vuelto aún más larga después de las revelaciones de la doctora.
El reloj de la pared marcaba las dos de la madrugada. Las horas pasaban lentas, pesadas, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. La sala de espera del tercer piso estaba vacía, iluminada por una luz blanca y fría que no dejaba lugar para sombras. Solo Nicolás permanecía allí, sentado en una silla de plástico, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, la mirada perdida en e