La noche en el hospital se había vuelto eterna.
La señora Valenzuela salió de la habitación de Sofía con el rostro bañado en lágrimas, pero con una pequeña luz de esperanza en los ojos. Su hija había respondido. Había apretado su mano. Estaba luchando.
—¿Cómo está? —preguntó Nicolás, levantándose de la silla.
—Estable —respondió su madre, secándose las mejillas—. Los médicos dicen que es fuerte.
—Eso lo sabemos.
El señor Valenzuela abrazó a su esposa. Nicolás los miró, con el corazón dividido e