Las horas pasaban lentas, pesadas, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. La sala de espera del tercer piso estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz tenue que se filtraba desde el pasillo. Su madre estaba sentada en una silla, con las manos entrelazadas, la mirada perdida en la puerta de la habitación de Sofía. No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía a su hija cayendo al suelo, el vestido manchado de rojo, la sangre brotando entre sus dedos.
El señor Valenz