La noche cayó sobre la villa con un manto de estrellas que parecían cómplices de lo que estaba por venir.
Los mellizos dormían profundamente en sus cunas, agotados por un día de juegos y exploraciones. Elena tenía su osito de peluche apretado contra el pecho. Nicolás, más serio, descansaba con sus ojos grises cerrados, la frente despejada. Lucía se había retirado a su habitación hace una hora, y el abuelo Gravenhorst ya no estaba en el jardín. La villa estaba en silencio. Solo ellos.
Ana estaba