La mañana amaneció gris en la villa.
Las nubes cubrían el cielo como una sábana pesada, y el lago, que siempre parecía sonreír con sus reflejos dorados, hoy estaba opaco, casi triste. Los patos nadaban cerca de la orilla, pero sin la energía de siempre. Hasta los pájaros parecían cantar más bajo.
Ana no había dormido bien.
Desde que supo que Sofía estaba libre, una opresión constante le apretaba el pecho. No era miedo. No exactamente. Era una sensación de alerta permanente, como si en cualquier