Tres semanas habían pasado desde aquella conversación en el jardín.
El abuelo y Lucía se veían casi a diario. Él llegaba a la villa cada tarde con su silla de ruedas y su chofer, y se sentaban juntos bajo el viejo roble, a orillas del lago, viendo a los patos nadar mientras los mellizos gateaban a sus pies. Hablaban de cosas sin importancia, del clima, de los niños, de los años que habían pasado. Pero nunca hablaban del pasado. Era como si hubieran hecho un pacto tácito de dejar atrás los dolor