La noche había caído sobre la villa cuando Cristóbal subió a la habitación de Lucía.
Ana estaba sentada junto a su madre, con las manos entrelazadas, los ojos aún húmedos por las lágrimas derramadas. El silencio entre ellas era cómodo, como el de quienes han compartido tanto que no necesitan palabras.
Cristóbal llamó suavemente a la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Adelante —dijo Lucía, secándose las mejillas con el dorso de la mano.
Cristóbal entró, se sentó en el borde de la cama, frente a ellas. Por