Tres meses después del rescate, la vida en la villa había recuperado su ritmo, pero nada volvió a ser igual.
Los mellizos habían cumplido siete meses y crecían a pasos agigantados. Elena gateaba a una velocidad que obligaba a mantener todas las puertas cerradas, y había descubierto el arte de trepar los muebles con una destreza que aterraba a todos. Nicolás, en cambio, era más cauto. Observaba a su hermana con sus ojos grises, como si calculara el riesgo de cada una de sus aventuras antes de de