Una semana después del rescate, Ana recibió el alta médica.
Los médicos habían sido claros: estaba deshidratada, con bajo peso, los niveles de hierro por el suelo. Los días de encierro, sin comida, sin agua, sin poder alimentar a sus hijos, habían pasado factura. Pero los mellizos, gracias a Dios, estaban bien. Elena había recuperado su sonrisa, gateaba por la habitación del hospital como si nada hubiera pasado. Nicolás, más serio, observaba a su hermana con sus ojos grises, como si vigilara qu