El teléfono de Ana sonó mientras ella estaba en el jardín con los mellizos.
Era un número desconocido, pero algo en su interior le dijo que debía contestar. Los presentimientos rara vez la engañaban.
—¿Señorita Ana María Gutiérrez? —la voz al otro lado era profesional, urgente—. Llamamos del Hospital Central. Su padre, Agustín Gutiérrez, ha sido ingresado esta madrugada. Sufrió una herida por arma blanca. Está estable, pero ha pedido verla.
El mundo se detuvo.
Ana sintió que la sangre se le hel