Pasó un mes desde aquel día en el hospital.
Un mes de visitas diarias, de risas en el jardín de la villa, de tardes enteras donde el abuelo Gravenhorst, sentado en su silla de ruedas, observaba a sus bisnietos descubrir el mundo. Un mes en el que la muerte, que había estado tan cerca, parecía haber retrocedido, como si las pequeñas manos de los mellizos la hubieran empujado hacia atrás.
El abuelo había cumplido su palabra. Todas las tardes, después de la siesta de los niños, su chófer lo llevab