234. El Rugido del Adiós
El silencio que siguió al rugido de la montaña colapsando fue una cosa física. Un peso que cayó sobre Florencio y Platina, aplastándolos, robándoles el aire. El polvo y el vapor caliente llenaban el pasillo, un sudario gris que olía a roca pulverizada, a circuitos quemados y a finales absolutos. Donde segundos antes había un camino, una esperanza, una mujer de ojos plateados, ahora solo había un muro infranqueable de escombros. Y detrás de ese muro, la tumba.
Florencio se quedó de rodillas, inm