202. La Casa Sumergida
El silencio que siguió al caos fue casi más opresivo que el rugido del agua. La cabaña, su único refugio, se había convertido en una ciénaga. El agua helada les llegaba a las rodillas, un lago oscuro y turbio lleno de los despojos de su batalla: astillas de madera, trozos de tela, el cuerpo flotante de uno de los luisones. El fuego de la chimenea era un recuerdo ahogado, y un frío húmedo, que calaba hasta los huesos, se había apoderado de todo.
Selene sostenía a una Mar inconsciente, su cuerpo