196. El Latido de tu Enemigo
La noche que siguió al regreso no trajo el descanso, sino una nueva forma de insomnio. La cabaña, que había sido testigo de sus secretos más íntimos, se había convertido en una celda de alta seguridad para un único y terrible prisionero. Elio, atado a la silla en el centro de la sala, era un sol negro, un pozo de gravedad que absorbía toda la luz, todo el aire, toda la paz.
Habían acordado turnos de guardia. El primero era de Florencio.
Se sentó en el sillón de cuero, a unos metros de distancia