197. El Rey en la Silla de Madera
La mañana llegó a la cabaña no como un alivio, sino como la cruda luz de un quirófano después de una cirugía a vida o muerte. El aire olía a sangre seca, a whisky derramado y a la electricidad estática de un poder que se negaba a disiparse. Y en el centro de todo, Elio. Atado a la silla, inconsciente, su cuerpo era menos un prisionero y más una bomba sin detonar.
Selene no había dormido. Había pasado las horas en un estado de vigilia tensa, sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la