169. La Llamada de la Hiena
La primera mañana en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no trajo el olor a sal, sino el hedor a combustión y a prisa. Para Selene, que se despertó enredada en sábanas que no eran las suyas en un cuarto anónimo de San Telmo, fue como despertar dentro de una máquina. El zumbido constante de la ciudad —un murmullo de millones de vidas ajenas, de motores, de sirenas lejanas— era una jaqueca sorda, una presión constante contra sus sentidos de loba, que se sentían atrofiados, inútiles, en esta selva