El sol del mediodía se colaba por la ventana no como una promesa, sino como el encendido de las luces de una celda. La decisión de ir a "la Ciudad de la Furia", flotaba en el aire de la cabaña, una sentencia que ninguno de los dos había pedido, pero que ambos habían aceptado como inevitable.
Florencio se movía por la sala con la eficiencia de un hombre que se prepara para la guerra. Guardaba su teléfono satelital, unos informes y un arma corta en un maletín de cuero negro. Cada gesto era precis