011. La Loba Herida y el León Dormido
La luz se filtró primero por sus párpados, un gris pálido y hostil que no prometía consuelo. Selene despertó despacio, arrastrada desde un pozo de fiebre y pesadillas sin forma. La conciencia regresaba a su cuerpo magullado a regañones, como una marea lenta que trae a la orilla los restos de un naufragio. Abrió los ojos y parpadeó. El techo bajo y oscuro, hecho de vigas de madera carcomida, no le era familiar. El aire olía a ceniza fría y a encierro, un aroma a tumba seca. Y a él. Olía a él.
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