No había recibido ningún mensaje de Isolde.
Y eso, para mí, era un suplicio.
La última vez que la vi me dejó con el cuerpo y la mente incendiados, cada músculo, cada pensamiento, cada maldito sueño de la semana estuvo teñido de su olor, de su voz, de su forma de dominarme.
No me había escrito… pero yo fui.
No podía no hacerlo.
Era como si algo en mi interior tirara de una cadena invisible que me conducía siempre al mismo lugar: el club.
Al entrar, el ambiente me golpeó como siempre, luces bajas