La semana pasó arrastrándose como un animal herido.
Cada día, Dorian intentaba llenar las horas con trabajo, ejercicio, cualquier cosa que no lo hiciera pensar en ella.
Pero siempre fracasaba.
Podía recordar con absoluta claridad el frío del hielo derritiéndose en su piel, el calor de la cera, la voz de Isode ordenándole no correrse. Podía cerrar los ojos y escuchar el sonido de sus tacones sobre la madera, sentir su aliento, su perfume.
No era solo deseo.
Era hambre.
Había probado algo que no