La semana había sido una tortura silenciosa, jo por el trabajo, no por la rutina… sino por la imagen que me había robado el sueño desde la última vez que vi a Isolde. Esa escena, ella con otra persona, disfrutando, tocando, entregando lo que yo creía mío, se repetía en mi cabeza una y otra vez.
Había intentado convencerme de que no me importaba, de que no era nada, de que solo era parte de su mundo… pero era mentira. Me dolía, me ardía.
Por eso, cuando esa noche crucé las puertas del club, no l