—Jugaremos con mis reglas —dijo Elena, su voz afilada como seda estirada al límite.
David la observó en silencio, había algo en su postura, algo felino, como si se preparara para atacar, o para huir. Finalmente, tras un breve silencio que pareció estirarse como una cuerda tensa entre ambos, respondió.—Acepto.----
—Entonces serás mi sumiso —afirmó ella, con una sonrisa mínima que no llegaba a sus ojos.
David ladeó el rostro apenas, evaluando, midiendo.—¿Jugaremos acá?---
Elena negó con un gesto