No sé si fue el eco del castillo o el sabor aún latente de la noche de la diosa, pero todo mi cuerpo vibraba de anticipación cuando crucé las puertas del club. El aire era más denso que de costumbre, cargado de un aroma a cuero, perfume y electricidad. Las luces estaban bajas, y la música era un pulso grave que resonaba en mi pecho.
Isolde me esperaba en el pasillo, impecable en un corsé negro que realzaba su figura y botas altas que hacían eco con cada paso. Su sonrisa era felina, como si supi