El coche avanzó por un largo camino de piedra, flanqueado por antorchas encendidas. El calor de las llamas contrastaba con la brisa fría que acariciaba mi piel. A lo lejos, el castillo emergía como un gigante dormido, iluminado en tonos dorados y carmesí. Cada ventana parecía un ojo encendido, vigilante, no sabía si estaba entrando en un templo o en una trampa.
Isolde, impecable con un vestido negro que abrazaba cada curva, sonrió sin mirarme.
—Relájate, Dorian… Esta noche es especial.---
No pr