La mañana había comenzado como cualquier otra para Dorian. Los ventanales de la oficina dejaban entrar una luz tenue que se filtraba entre las cortinas, iluminando los montones de documentos sobre su escritorio. El murmullo constante de los teléfonos, el tecleo de los asistentes en las áreas cercanas y el aroma a café recién hecho creaban esa atmósfera rutinaria que él conocía demasiado bien.
Estaba revisando un informe financiero cuando escuchó el golpeteo suave en la puerta.
—Adelante —dijo,